Arcelia y las palomas

Por Iván González Vega

Eran casi las siete y media cuando salí de la central, sentía frío en las piernas, estaba sucio y llevaba el periódico y la maleta en las manos.
Así, aterido, subí desconfiado alprimer camión que dijera “centro”, como el más asustado de los forasteros.
Allí, en la plaza, los hombres y las mujeres, paseaban como en todos lados. Como si no fuera una ciudad desconocida, como si la continuidad los hubiera condenado a comprobar su permanencia en este mundo, día a día.
Enfundado en mi suéter, los veía: las mismas calles con los que saben hablar, los que caminan y pisan, día a día la misma cantaleta, como sitodo fuera igual en todas las ciudades.
Yo era el único blanco entre los hombres rojos. O almenos me pareció ser de otra vida, de otro tiempo.
Ellos, por lo menos, ya no sentían el miedo de confundir la vida: tenían una sola para todos. Me gustó entonces la plaza central.
La fuente, incansable, admiraba inútil el discurrir de la otra cascada, la de los pies; y los pichones hurgaban en los hoyos del piso con sus picos, con sus ojos inquietos.
Arcelia era –eso le dijo la que andaba con ella– de pelo negro, de suéter negro, con un negro pantalón de mezclilla y con aliento gris.
Arcelia tuvo la desdicha de voltear a verme. O yo fui el desgraciado por quererla ver, por comerme su carne con los ojos.
Arcelia caminó sin fijarse. No tropezó: simplementecayó ahí, se desplomó sobre el montón acostumbrado de pájaros.
Arcelia cambió de pronto…. Arcelia.
El torbellino de pichones arrastrando su existencia y devorando con su furia animal todo signo de ella. Estaba histérica y asustada. Hasta mi cuerpo llegó a su temor.
De pronto, Arcelia y los pichones cobraron altura.
Seguí por un breve instante de ese día a Arcelia, seguí a sus alas, sus ojos, su cuerpo de ave. Arcelia se fue volando. Se convirtió en pichón y sólo los edificios saben de ella hoy.

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