La confusión de fútbol con el tenis

Federico Bonasso

A ver: declaro públicamente mi desprecio por los adultos que confunden al fútbol con el tenis. Y a los que juegan a la más vil de las prácticas sociales: la del chivo expiatorio.
Por morboso y por loco, he estado viendo y leyendo a la prensa argentina (o lo que queda de ella) tras la actuación de la selección albiceleste. Como dándome un bañito de “patria” ahora que estoy por regresar a pasar unos días después de 11 años de ausencia.
El grado de locura pasional es tan elevado que me produce una rara hipnosis. Empecé, como siempre, por los pocos que se salvan (la vieja guardia sobre todo: Macaya, Pagani… cuánto se te extraña De Biase!; Latorre y el sensato chavo Esteban Edul, Valdano caso aparte), pero después me fui hundiendo, a propósito, en el fango más inmundo. Engolosinado ante tanta estulticia empecé a ver programas como “Intratables” y otros peores donde se mezclan “los que saben” (imbéciles realmente notables) con amigos de jugadores o “hinchas” (imbéciles a secas). Y me doy cuenta que no he perdido del todo el tiempo. El fútbol (la materia que creen analizar), es un vehículo fascinante para desnudar cómo piensa gran parte de una sociedad constituida por resentidos. La falta de pensamiento crítico elemental (ya no se diga elevado); el sofisma matando al análisis, el vituperio como sustituto del raciocinio; editorializar con las tripas, muestra un país donde el que no insulta es considerado tonto; donde hay que tomar partido (aunque la opción sea delirante) como requisito para ser escuchado. El que piensa, para gran parte de esa nación, es un marginal.
Messi está depre, se le nota y jugó flojo. Sin duda. Pero que eso le permita a toda esta gente destrozarlo sin miramientos, es una canallada que pensé no vería de nuevo con esta virulencia después de los 3 goles de Leo que nos tienen aquí. Porque todos ellos están en Moscú porque Messi es lo que niegan.
Todos estos tipos ganan un sueldo por analizar una actividad que no entienden: el fútbol. Lo confunden con el tenis. Disculpen que deba usar esta perogrullada pero así de pobres están las cosas: cualquiera que haya jugado al fútbol en cancha grande, de 11, que le haya tocado dirigir a un grupo, o simplemente tener que resolver los problemas que propone un espacio de esas dimensiones bajo determinadas reglas, sabe perfectamente que no hay jugador que pueda ganar solo un partido. Todos ellos se olvidan de que Maradona pudo ser Maradona gracias a la nuca de Olarticoechea o un mal cálculo de Schumacher. Se olvidan que el gran prócer Diego fue controlado en la final del 90, donde su mayor aporte fue patear desviado un tiro libre (mundial donde falló un penal, por cierto). De nada le sirvió a Diego (vamos a usar palabras de moda) su “rebeldía”, su “enojo”, su “liderazgo” ante la precisión en el marcaje de aquella Alemania (que había aprendido muy bien la lección del 86). ¿Se acuerdan de la final del 86? Diego dio el último gran pase, pero ese partido lo ganó el equipo. Para los que no lo sepan: Diego, la leyenda, fue muchas veces un mortal común anulado con marcaje personal. A NU LA DO. No hacen un cálculo elemental que nos ahorraría tanta miseria evidenciada impúdicamente: si Pelé hubiera nacido en Burundi y por tanto jugado para esa selección, no sería Pelé; si Cruyff hubiera nacido en Honduras no hubiera sido Cruyff. Y tampoco usan al azar como variable: si Cristiano fuera Italiano, no estaría jugando el mundial. Otra del azar, la más ilustrativa: si Messi impactaba la pelota tres centímetros más al centro en aquel disparo en la final de 2014, hubiera levantado él la copa. Y la religión argentina tendría a su segundo Santo. Tres centímetros.
Vean al monstruo de Salah fuera de Rusia tan temprano. ¿Pudo Salah remediar lo que no hizo Egipto?
“Es que Messi es bueno en el Barcelona pero no en la selección”: en la misma frase condenatoria se evidencia la explicación de ese fenómeno que no comprenden.

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