La fiebre del oro en países africanos

Costa de Marfil.- África Occidental se está consolidando año tras año como un centro neurálgico de la extracción de oro. De hecho, esta región cuenta con algunos de los países con la mayor concentración de minas de oro.

Mali, Ghana y Burkina Faso tienen una larga tradición en el campo de la minería, pero entre ellos se está abriendo camino rápidamente Costa de Marfil, que se había quedado atrás -debido a una guerra civil que duró una década- y que hoy está en pleno boom económico.

Sin embargo, y a menudo con la complicidad de las autoridades, las minas de todos estos Estados tienen en común la total ausencia de las normas más básicas para la seguridad de sus trabajadores.

A pesar de que el precio del oro ha bajado en los últimos años, la búsqueda de nuevas minas en África continúa incesablemente. Se lanzan uno tras otro nuevos proyectos de exploración y producción del preciosísimo metal.

No sólo en los tres principales países africanos para el oro -Sudáfrica, Ghana y Mali-, sino también en áreas prometedoras, y hasta ahora poco explotadas, como Costa de Marfil, cuyo gobierno propone leyes cada vez más favorables a la industria minera.

De hecho, varias compañías están trasladándose a Costa de Marfil, un país tradicionalmente sin explorar debido a la inestabilidad política de la pasada década.

Tanto es así que en la actualidad Costa de Marfil se encuentra en el séptimo lugar de producción de oro a nivel continental (casi nueve toneladas al año), según las estimaciones de varias organizaciones internacionales.

Para los marfileños, el oro se está convirtiendo en un asunto importante, en el que están implicados tanto empresas extranjeras -que operan a escala industrial con maquinaria pesada- como mineros artesanales.

Mientras que las primeras se apoderan de grandes extensiones de tierra, exprimiéndola todo lo posible y luego trasladándose a otro lugar sin desintoxicarla -pero de alguna manera planificando el trabajo de acuerdo con parámetros preestablecidos-, la minería artesanal, sin embargo, es una realidad sin reglas, ni para los trabajadores ni para el medio ambiente.

Por ley, el producto de extracciones individuales también debería terminar en el circuito legal, o se debería vender a empresas del estado, pero en realidad no es así. La mayor parte de este oro escapa al control de las autoridades y en especial a las arcas del Estado y, en consecuencia, al régimen fiscal.

Esto se debe a que muy a menudo el trabajo artesanal se encarga directamente a los empresarios, en su mayoría extranjeros, que pagan a los trabajadores para conseguir las piedras talladas y luego las sacan del país de forma ilegal. También puede suceder que los mineros trabajen de forma independiente, sin una comisión acordada y luego lo revendan todo en el mercado ilegal.

La provincia de Daloa, en la región centro-occidental de Haut-Sassandra, alberga un gran número de minas de oro artesanales. Cada día varios cientos de personas buscan fortuna en estos lugares. El sol todavía no ha salido y Paul, de 39 años, transita por caminos de tierra, en medio de campos de cacao, que llevan a la mina.

Empieza un día como muchos otros. La mina de oro en la que trabaja ni siquiera tiene nombre, pero deja impresionado a quien la ve. Por fuera es una pendiente desierta cubierta de polvo gris y plagada de docenas de pozos, algunos cubiertos con cabañas en ruinas.

Un centenar de personas trabajan alrededor de estos agujeros. El polvo les oculta la cara y la ropa. De vez en cuando una tímida explosión subterránea crea un géiser de tierra. Este ruido va acompañado por el golpeteo constante de la maquinaria y de las bocinas de las motos, que pasan velozmente por caminos estrechos transportando minerales y personas.

“En Daloa se extrae oro, sin mucha fe, desde hace décadas”, dice Pablo. “Pero hace un par de años se encontró un gran yacimiento, y desde entonces la población ha aumentado mucho. Ahora también vienen mineros de Mali, hay un flujo constante de personas”.

Antes aquí, recuerda, “nos dedicábamos casi exclusivamente al cacao, pero hoy en día es el oro el que atrae a más trabajadores. Los ingresos pueden ser de un promedio de cerca de 10.000 francos (300 pesos) por semana. Una vez oí decir que un gramo de oro se vende por 20.000 francos (600 pesos), pero no sé si es verdad. Deberíamos preguntárselo al director. Los mineros no nos interesamos por la venta”.

Junto con Paul, hay muchísimos trabajadores bajo tierra y otros tantos en la superficie, como mecánicos y maquinistas. Todas las mañanas se repite el mismo ritual. Los mineros descienden, en tornos manuales, por pozos que alcanzan los 100 metros de profundidad.

Trabajan en dos turnos de 12 horas cada uno, primero para excavar un pozo y alcanzar la profundidad del estrato que contiene oro y, a continuación, para seguir horizontalmente las vetas de oro. Para extraer el metal usan cartuchos de dinamita.

Después meten las rocas en las bolsas y las llevan a la superficie. Separan el oro de la roca a mano, usando unos bidones que contienen mercurio y cianuro. Los vapores que emiten son muy nocivos tanto para el sistema respiratorio como para el neurológico.

“A estas profundidades tenemos que utilizar compresores para bombear aire fresco”, explica Paul. “Pero los vapores del compresor invaden el túnel y hace que ahí abajo haga todavía más calor”.

Las medidas de seguridad como cascos, guantes y botas son desconocidas aquí. Cualquiera puede entrar libremente en los pozos y en el hangar de limpieza. También se ve a chicos que se arrastran en el polvo entre el ruido de los generadores y otras máquinas.

Aunque para la extracción artesanal se utiliza un equipo muy simple, requiere igualmente inversiones muy elevadas. A veces se tarda hasta cinco meses en llegar a la vena aurífera, al menos según Messier A. -que pide que no se publique su nombre-, inversor y gestor de la mina. Recuerda que una vez los trabajadores excavaron durante casi dos meses antes de comenzar a extraer oro.

Durante este período la única recompensa para los mineros es la comida. Es el inversor quien lo paga, así como también corre de su cuenta el equipo de excavación. Los mineros sólo cobran cuando sacan de la mina bolsas con rocas que contienen oro.

Cada mina tiene sus propias reglas. Messier A. consigue una cuota del 20 por ciento, ya que organiza la “seguridad”, gestiona las relaciones con las autoridades para que no se entrometan en los negocios e invierte en equipos. Si los pozos se excavan en un terreno privado, el propietario tiene derecho a una cuota del 10 por ciento.

Las ganancias restantes se dividen entre los mineros, que a su vez distribuyen las cuotas de acuerdo con la antigüedad laboral. Hasta el último eslabón de esta cadena los mineros no saben la cantidad de oro que contenían sus piedras.

Por lo tanto, pueden estar meses sin cobrar, pero el beneficio al final puede ser importante: se cuentan historias de mineros que encontraron vetas de oro rentables y que se han hecho bastante ricos. Pero estos afortunados son todavía muy pocos.

Notimex

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