Un día, entre Catredral y Eje Central

Sus luídas pero limpias ropas daban cuenta de su situación económica. Uno de los dos niños, Rodrigo –el mayor de ellos–, correteaba, mientras el más pequeño, ajeno a todo lo que sucedía yacía enganchado a aquel desempleado. Ellos no estrenaron ropa blanca ni marcharon contra la inseguridad, vinieron de Iztapalapa a buscar a la abuela que vive en una de las viejas vecindades del Centro Histórico a pedirle una ayuda ante su precaria situación.

Una espléndida tarde soleada los vio pasar frente a Catedral, iban los cuatro. Entre el rumor y el ruido de los autos y vendedores ambulantes ella parecía una reina, a pesar de su camiseta deslavada y con hoyos o de su licra de algodón morado que hacía varios años había vivido sus mejores épocas. Aquella mujer sonreía, distante del alboroto que una manifestación y los conchceros que suelen danzar en la Plaza de la Constitución, sus ojos irradiaban algo más que luz, tenían un brillo especial, quizá las feromonas que expelía los hacían lucir mas bellos.

Pasaron los cuatro con su gran sonrisa frente al Nacional Monte de Piedad, donde decenas de personas hacían fila empeñados en comprar útiles a sus hijos. Caminaron por Madero y Rodrigo se echó a correr hacia Tacuba. Con ojos ávidos y curiosos, se detuvo a mirar los juguetes que el comercio informal expende de manera cotidiana por la zona.

Con su gran sonrisa, la madre lo siguió y en silencio lo tomó de la mano, después con la voz más tierna le hizo ver que llevaban prisa para ver a la abuela. Frente al Café Tacuba vieron como los “toreros” corrían y daban aviso a través de radiolocalizadores que la camioneta que los recogería estaba en camino.

Ante aquel peligro para los pequeños, el varón la tomó de la mano, mientras ella protegía a sus hijos. Se fueron por Bolívar hacia Donceles. Frente al Teatro de la Ciudad, el recuerdo del tiempo de estudio, cuando visitaba esta misma calle para recorrer las librerías de uso, en busca de un ejemplar en buen estado, la comenzó a invadir. Ahí conoció a Gerardo, quien a la postre sería su compañero para toda la vida. Su sonrisa tomó un matiz más hermoso.

Unos viejitos esperaban sentados frente al centro de salud para que les entregaran su credencial. Asombrados porque en la antigua Cámara de Diputados – hoy Asamblea Legislativa del Distrito Federal– no había manifestaciones siguieron su camino en dirección al Eje Central Lázaro Cárdenas.

Cuando pasaron frente al Senado de la República despertó el pequeño, Rubén, a quien no le importaba demasiado si se aplicaban o no reformas a las leyes mexicanas. Cruzaron por Xicoténcatl y se detuvieron un momento frente a la estatua de Carlos IV, en la Plaza Tolsá, cuando ella soltó un gran suspiro. Recordada el tiempo de novios, cuando los dos se metieron a una feria del libro en el Palacio de Minería y él le regaló “Rayuela”.

El Palacio de Correos se levantaba majestuoso en aquella avenida. A Rodrigo le llamó la atención el oropel de aquel edificio. Mientras le explicaba que las decoraciones son de tipo barroco y pertenecen al porfiriato, recordó que en ese mismo sitio le dio el primer beso a su mujer.

Con su amor de hombre callado y bien conservado al paso de más de una década, le dirigió una mirada a Patricia, quien seguía sonriente y orgullosa con ese brillo en los ojos. Ahí,  frente al Palacio de Bellas Artes y miraba pasar a una turista que dejaba ver sus encantos al portar una reducida camiseta color amarillo.

Sin siquiera mirarlo, pasaron al lado del Banco de México que silencioso les daba sombra. Una gran bocina dejaba escurrir su mensaje en la que una vieja melodía les recordaba algo especial. Era su canción y la mar de recuerdos vino a su mente. El puesto de discos marca bucanero con grandes letras expresaba la leyenda “Alejandra, estamos contigo”, mientras algún transeúnte se preguntaba si se referían a la prisión de la lidereza de ambulantes.

Con grandes trabajos lograron cruzar la avenida cuidando que los pequeños no se extraviaran en aquel conflictivo cruce. La mujer eufórica caminó hacia Victoria mientras la Torre Latinoamericana la observaba celosa. Entre el mercado ambulante, doblaron la esquina de Independencia y Eje Central. Con tantos recuerdos ella estaba a punto de llorar, él le preguntó “¿qué tienes?”. “Será que soy feliz”.

Uno de los comerciantes la vio perderse en una de los edificios de aquella calle, mientras la familia contenta buscaba la forma de salir de la crisis que la afectaba desde hacía unos meses. Afuera, el Centro Histórico seguía con la caótica normalidad de siempre.

Roberto Cortez Zárate

Publicado por Sr. nagual el domingo, diciembre 11, 2005 , en la sección  Noticias y choros sesudos

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